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Miguel Ángel Rodriguez con el don Félix, la última foto que se sacó con el barco y a pocos días lo remolcaron para formar el Parque Submarino Las Grutas

CRÓNICAS DEL AYER

 

El Don Félix en el muelle de Gomas de SAO, día de tormenta

 

 

En en el golfo San Matías, fines de la década de '70 -fot. Miguel Ángel Rodriguez-

 

Pocos antes del hundimiento, marea de SAO

 

 

 

 

 

 

el primer buque del parque Submarino Las Grutas

Don Félix en la marea de SAO

de construcción particular, con la cabina arriba y en la proa

El casco de hierro evitaba que "hiciera agua", a diferencia del de madera

 

 

 

Miguel Ángel Rodríguez con el Don Félix y el Don Valentín en Camarones, detrás uno de los camiones de la empresa Galme Pesquera -fot. Rodríguez-

En la marea de SAO -fot.Rodríguez-

Repleto de pescados -fot.Rodríguez-

Cubierta del barco, se observa el lugar para bajar a la bodega y parte del cabrestante

Jugando al truco en el don Félix -fot-M.Á.Rodríguez-

El don Félix amarrado en Caleta Hornos, lugar de reparo -fot.M.Á. Rodríguez-

Miguel Ángel Rodríguez junto al barco, la marea de SAO a escasos días del hundimiento

 

EL BARCO DON FÉLIX TIENE QUIÉN LO RECUERDE -III Nota-

Entrevista a Miguel Ángel Rodríguez, uno de sus patrones

Por: Marta Eva Amado

info@cronistasao.com.ar

Aquella mañana de noviembre, de hace apenas año y medio interrumpí el desayuno de manera abrupta. Con una mano sostenía la taza del humeante y aromático café recién molido, mientras que, con la otra, movía rápidamente las páginas del diario, para tragarme de un sorbo los principales titulares. Por un momento, mis ojos quedaron fijos, mientras leía: “Hoy 21 al mediodía hundirán al Don Félix y con el operativo darán inicio al Parque Submarino Las Grutas”.

Mucho costó mucho ponerlo a flote. El tiempo y la intemperie hirieron de gravedad su vieja estructura de hierro. Herrumbrado, pero conservando el amarillo, que fue el color de identificación como pesquero, se iría a remolque hasta el sitio que eligieron para hundirlo -a cinco kilómetros de Las Grutas, sobre la costa del Atlántico-.

Qué suerte tuvo el Don Félix. Sostenían los que propiciaron el nuevo atractivo turístico, porque se había salvado de ser chatarra, de un desguace en partes, hasta quedar en nada.
Lo cierto es que me interesó conocer algo más de lo que decía la prensa sobre el don Félix. Y fue así que lo refloté, no precisamente en las aguas del San Matías, sino en los nostálgicos recuerdos de Miguel Ángel Rodríguez. Uno de los tantos patrones que tuvo el barco, en las pasadas épocas de bonanza con pescados y repleto.

Y esa voz que sabía de mares, logró infundirle al viejo y desahuciado navío, un pequeñísimo soplo de vida. Demasiado efímero. Pero aún así, el pesquero, en esas charlas soltó amarras y pudo navegar.

-¿Y usted Rodríguez siempre se dedicó a la pesca? –Al instante, una profunda y mansa mirada de ojos muy negros, se clavó rápidamente en mi rostro.
-Sí, desde los veinte, hasta ahora, -contestó con rápidos reflejos-. Treinta y ocho y monedas. Y ahora estoy haciendo los trámites para jubilarme. Imagínese, tengo cuatro libretas de embarques. Y bueno, he andado desde los barcos más chiquitos hasta los de factoría.
-¿Y qué me puede contar del don Félix? – Yo esperaba la gran historia, mientras acurrucaba el cuerpo con una leve inclinación de cabeza y aguzaba los oídos en dirección al antiguo patrón de pesca.-
–Y ese barco –responde el hábil marino-mientras hacía gestos con sus grandotas manos - junto con otro, el don Valentín que era idéntico, lo trajeron de Chile, de un lugar que se llama Iquique. Pero los dos fueron fabricados en Perú. Y allí, supe que tuvo mucho auge con la pesca de la anchoíta peruana, que es una anchoa grande. Creo que dependía del gobierno y se sobre pescó, como todo, después se cayó y fue así que Perú tuvo muchos barcos que luego se los vendió a Chile. Y después, los pusieron en este mercado.

-Me dijeron que la cabina que tenía en la proa lo hacía distinto a los otros y que era para ver mejor el cardumen, ¿verdad?

-Claro, por eso. –devuelve al toque y demostrando esa solvencia que le dieron los casi cuarenta años a bordo y los exámenes que tuvo que rendir.- -No, no, -se corrige, rápido- más que nada era por una cuestión práctica. Para tener una buena cubierta. La red de cerco que utilizaba era muy grande y después, con los pescados se necesitaba mucha superficie y el tipo de barco se adaptaba a eso. En realidad, originalmente no fueron diseñados para trabajar acá, con la red de arrastre. Le tuvieron que cambiar los guinches. Y hasta la cabina se le hizo acá, porque el timón estaba libre, al aire, yo vi fotos. Estaba en la Galme cuando los iban a traer. Y les hicieron las cabinas, porque acá lógicamente salíamos varios días. Y bueno, el mar que tenemos, los fuertes vientos, imagínese.

El casco de hierro que tenía el don Félix lo hacía más seguro que si hubiera tenido uno de madera. Los de ese material, siempre hacen agua. Por donde pasa la hélice, por las vibraciones del eje, aparte, porque la madera no es un todo y en las juntas es común que se produzca algún tipo de filtración. La plantilla del barco se asemeja bastante al diseño de los de pesca de la costa oeste norteamericana. En las películas yanquis se los suele observar.

Para el invierno del ’72, el don Félix llegó a San Antonio con un patrón italiano. Mientras que su gemelo, lo hizo en la misma fecha pero con uno de Corea. Desde Chile dieron la vuelta por el sur, en aguas de mucha turbulencia y fueron derecho a la ciudad de Mar del Plata, sin recalar en el puerto de San Antonio. Allí cambiaron las banderas y se los alistó para la pesca por arrastre.

-En ese tiempo, como era una época mala de pescado, yo era marinero, tendría 23 ó 24 años, -continúa Rodríguez mientras acomoda el macizo cuerpo en la silla y sus ojos brillantes quedan fijos en un punto- los llevaron a la provincia del Chubut. Y desde allí traían la carga con langostinos, o sea que por un tiempo utilizaron a los gemelos como transporte.

-¿Y alguna tormenta que haya soportado con el barco? aunque si se presenta mal tiempo, el visto bueno de Prefectura para salir no lo tiene, ¿no?

-Eso, por supuesto, -afirma Rodríguez- pero el barco una vez que está despachado y se hace a la mar queda bajo la responsabilidad del patrón, si va a entrar o no va a entrar. Y siempre vamos a agarrar mal tiempo, porque los barcos son puramente comerciales. Y lo que uno quiere es completarlo. Si viene un poco de viento, y bueno, vamos a completar un día más. El tiempo pasa a un orden secundario, lo importante es pescar, no el mal tiempo.

Un día el don Félix soportó un temporal con ráfagas de más de 130 kilómetros por hora. Tardó bastante sin poder entrar, estaba a 10 millas náuticas de la península Villarino, en el golfo San Matías. No tenía radar y lo que hacía era capear el temporal. O sea que iba de proa hasta donde podía y después volvía. El problema era que el puente estaba adelante y se hamacaba terriblemente y cuando caía, después de la marejada quedaba suspendido en el aire. Hubo que guardar platos, mate, pava, nada se mantenía quieto en el lugar.

-Y sí, confiesa Rodríguez, que hasta se trajo un barco de 35 metros de las Canarias y navegó más de veintitrés horas seguidas- hemos agarrado temporales, de todo. No teníamos navegador satelital, que es una maravilla poder usarlo, da la posición exacta en cada momento. ¿Sabe? Cuando se lo usa es como un juego de video. Es una computadora. Usted programa diferentes puntos, es decir hace una ruta y luego ingresa. Lo único que tiene que seguir es ese caminito, el que le sigue el plotter.

-Nosotros antes –continúa el patrón, que del entusiasmo no paraba de recordar- en el canal entrábamos con reflector y los rumbos marcados en Punta Delgado hasta la isla de los Teros. Teníamos por ejemplo, 360 grados y eran las 10 de la noche y no había que perder el rumbo. Hasta que después, por el tiempo hacíamos esa distancia, sabíamos que teníamos que estar en la boya, que era un tanque de 200 litros y con un reflector nos ubicábamos. Y entonces de ahí, ¡Pac!, hasta Punta Verde, 360 grados y de ahí, le dábamos y así entrábamos. Pero cuando había mal tiempo y en invierno y con lluvia, entrar así era muy difícil. Por eso ahora, con el navegador uno va tranquilo, hace de cuenta que va jugando, hasta un chico saca un barco.

-¿Rodríguez, estas son las fotografías del don Félix que me preparó? –le pregunto al observar una veintena en blanco y negro y hasta de color. Estaban en abanico en uno de los extremos de la mesa de su casa, para que las viera de cerca.

-Sí, son las que me quedaron, porque hay veces que no vuelven. Mire, las fotos del golfo de acá son del ’75, del ’76, la de los langostinos del ’80, más o menos. En esta de Camarones, los barcos están adentro y ése que ve acá, soy yo. ¡Ah!, mire, este es el avión que nos perseguía en Rawson cuando nos metíamos a la veda ¡jajajaja! y cuando nos agarraba le sacábamos fotos, ¡jajajaja!, qué íbamos a hacer-y sigue riéndose con ganas- Y acá está el Don Félix amarrado en Caleta Hornos, que queda al sur de Camarones. Es un lugar que siempre tiene agua y es muy reparado y uno entra ahí porque afuera hay mal tiempo. Pero para llegar, son como tres horas. …y en esta jugábamos al truco y éste que ve acá ya se murió…

-A ver Rodríguez, para que en la toma salga el barco entero, mejor, agáchese un poco. El diálogo transcurría en el puerto de Gomas, el 18 de noviembre de 2007. Y el Don Félix en uno de los rincones del muelle bamboleaba su ajado caparazón vacío, al tiempo que entraba la marea.
-Mire, esta es la cocina, acá jugábamos al truco, en la foto esa que le mostré el otro día. Qué raro que no le sacaron el cabrestante, ese mecanismo se podría aprovechar… y ¿vio la cabinita?

Rodríguez… ¿con toda esta movida del hundimiento del don Félix, que siente?
-Y, qué le parece, imagínese a qué pescador le gusta que le hundan el barco, a nadie.

 


Los relatos sobre el "Don Félix" continuarán con otros protagonistas, no te los pierdas!!!!

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